03 DE ENERO DE 2023, día 47 CAPÍTULO XLVII.

«REGRESO A OCCIDENTE»

Lectura de la AUTOBIOGRAFÍA DE UN YOGUI.

– He dado muchas lecciones de Yoga en la India y en América, pero debo confesar que, como hindú, me siento realmente feliz dando clases a los estudiantes de habla inglesa.

Mis estudiantes, miembros de las clases de Londres, se reían comprensivamente; ninguna agitación política distraía la paz de nuestra yoga.

La India era ya por entonces sólo un sagrado recuerdo. Estamos en el mes de septiembre de 1936; me encuentro en Inglaterra para cumplir compromisos, contraído dieciséis meses antes, para volver a dar conferencias en Londres.

Inglaterra también es receptiva para el imperecedero mensaje del yoga. Los redactores de los periódicos y los fotógrafos inundaron mi alojamiento en Grosvenor House. El Consejo Nacional Británico, de la Asociación Mundial de Credos (World Fellowship of Faith), organizó una junta, en septiembre 29, en la Iglesia Congregacional de Whitefield, en donde ofrecí a la audiencia una disertación sobre el extenso tema “Cómo la Fe puede, en el Compañerismo, salvar la Civilización” Las conferencias pronunciadas a las ocho de la noche en el Caxton Hall atraían tal cantidad de personas que, por dos noches, la concurrencia excedente esperó en el auditorio de la casa Windsor mi segunda conferencia a las nueve y media. las clases de Yoga crecieron de tal modo durante las siguientes semanas, que el señor Wright se vió obligado a hacer arreglos para trasladarnos a un local más amplio.

La tenacidad inglesa tiene una admirable expresión en las relaciones espirituales. Los estudiantes londinenses de yoga se organizaron lealmente y por sí mismos en Centros de la Asociación de Autorrealización, después de mi salida, manteniendo sus juntas regulares de meditación cada semana, al través de los años aciagos de la guerra.

Semanas inolvidables en Inglaterra; días de paseos en Londres. Luego en sus hermosas campiñas. El señor Wright y yo hicimos que nuestro Ford nos trasladara al lugar de nacimiento y las tumbas de los grandes poetas y héroes de la historia británica.

Nuestra pequeña comitiva se embarcó en Southampton, con rumbo a América, a fines de octubre, en el Bremen. La vista de la majestuosa estatua de la Libertad, en el puerto de Nueva York, hizo un nudo en la garganta, no solamente en la de la señorita Bletch y el señor Wright, sino en la mía también.

El Ford, un poco averiado por las luchas que sostuviera con los suelos antiguos, seguía siendo poderoso; ahora nos permitió realizar el viaje transcontinental hasta California. A fines de 1936, ¡oh, Gloria! Mount Washington.

Las fiestas de fin de año son celebradas invariablemente en Mt. Washington con una meditación colectiva de ocho horas el 24 de diciembre (navidad Espiritual), y al día siguiente, con un banquete (Navidad Social). Las festividades de este año fueron aumentadas por la presencia de muy queridos amigos y estudiantes que vinieron de ciudades distantes para dar la bienvenida a los tres viajeros.

Las festividades de Navidad incluían el obsequio de golosinas traídas desde quince mil millas de distancia para este evento especial; hongos gucchi de Cachemira; latas de rasagulla y pulpa de mango; bizcochos de papar y un aceite de la flor india keora, que daba un sabor delicioso a nuestros helados.

La noche nos sorprendió agrupados alrededor de un enorme y resplandeciente árbol de Navidad, cerca del fuego de la chimenea, donde chisporroteaban las llamas, brotando de trozos de aromático ciprés.

¡La hora de los regalos!, presentes traídos de los más distantes rincones de la tierra: Palestina, Egipto, India, Inglaterra, Francia, Italia: ¡Con cuánta minuciosidad había contado el señor Wright nuestro equipaje en cada aduana y punto de embarque, para que las raterías no fueran a disponer de aquellos presentes, que ya venían destinados a nuestras personas queridas de América!

Plaquitas del sagrado olivo de Tierra Santa; hermosos y delicados encajes y bordados de Bélgica y Holanda; alfombras de Persia; chalinas hermosamente tejidas y tápalos de Cachemira; fragantes bandejas de sándalo de Mysore; “Ojos de Shiva”, piedras de las provincias centrales; antiguas monedas de indias y de dinastías ya desaparecidas; vasos y copas con incrustaciones; miniaturas, bibelots, incienso y perfumes “swadeshi” de algodón estampado; trabajados de laca, marfiles grabados de Mysore; pantuflas de Persia con su curiosa prolongación en la punta; antiguos e iluminados manuscritos raros; brocados, terciopelos; gorras “Gandhi”, alfarería, tejas, trabajos en bronce; alfombras para la oración; un verdadero botín de los tres continentes!

Uno a uno distribuí los paquetes, vistosamente envueltos, que se amontonaban junto al árbol, en inmenso cúmulo.

– ¡Hermana Gyanamata! -La santa americana de dulce mirada y de profunda realización espiritual, quien durante mi ausencia había estado encargada de Mount Washington, se acercó a mí y yo le entregué una caja; de entre las envolturas sacó un “sari” de seda dorada de Benares.

– Gracias, señor; esto trae la expresión viva de la India a mis ojos.

– Señor Dickinson. -El siguiente paquete contenía un regalo que yo había adquirido en un bazar de Calcuta. Esto le gustaría al señor Dickinson, pensé en los momentos de comprarlo. Un muy querido discípulo, el señor Dickinson había estado presente en cada fiesta de Navidad desde 1925, fecha de la fundación de la Sociedad de Mount Washington. En este onceavo aniversario estaba de pie ante mí, desatando los listones de su pequeño paquete cuadrado.

– ¡La copa de plata! -Luchando con la emoción contempló el regalo, una alta copa. Sentóse un poco retirado de donde estábamos, contemplando ensimismado el objeto. Le sonreí con cariño antes de reasumir mi papel de Santo Claus.

La noche cerróse en una oración al Dador de todos los regalos; luego, un grupo cantó villancicos.

Poco después, el señor Dickinson y yo charlábamos.

– Señor -me dijo-, permítame que le dé las gracias por su regalo, la copa de plata. En la noche de Navidad no pude encontrar palabras para expresárselo.

-Traje ese regalo especialmente para usted.

– ¡Durante cuarenta y tres años he estado esperando la copa de plata! Es una historia larga de contar, y me la he reservado durante largo tiempo. -El señor Dickinson me miró tímidamente-. El principio de la historia es dramático. Yo me estaba ahogando. Mi hermano mayor me lanzó, por jugar a un estanque de quince pies de profundidad, en un pueblo pequeño del Estado de Nebraska; por entonces yo tenía solamente cinco años.

Cuando estaba a punto de hundirme por la segunda vez, apareció una luz multicolor llenando el espacio. En medio se encontraba la figura de un hombre de ojos tranquilos y sonrisa consoladora. Mi cuerpo se hundía por la tercera vez, cuando uno de los compañeros de mi hermano dobló un arbolillo en tal forma que pude agarrarlo con un desesperado esfuerzo de mis dedos. Los muchachos pudieron sacarme a la orilla y darme los primeros auxilios.

“Doce años después, siendo un joven de diecisiete años, visité Chicago con mi madre. Era en mil ochocientos noventa y tres; el Gran Parlamento Mundial de Religiones se hallaba en sesión. Mi madre y yo caminábamos por la calle, cuando una vez más vi la gran luz resplandeciente. A pocos pasos de nosotros, caminaba descansadamente el mismo hombre que años antes había visto yo en visión. Se acercó a un gran auditorio y entró en él, desapareciendo.

“- ¡Madre -grite-, ése es el hombre que apareció ante mí cuando me estaba ahogando!

“Mi madre y yo nos dimos prisa para entrar en el edificio. El hombre estaba allí; había tomado asiento en el estrado de la sala de conferencias. Pronto supimos que aquel hombre era el Swami Vivekananda, de la India [1].

Después que él hubo pronunciado una maravillosa conferencia, me adelanté para conocerlo. Él me sonrió cariñosamente, como si fuéramos viejos amigos. Yo era tan joven que no sabía cómo dar expresión a mis sentimientos, pero en mi corazón esperaba que él se ofreciera a ser mi Maestro.

[1] Discípulo principal de Sri Ramakrishna

El leyó mi pensamiento: “-No, hijo mío, yo no soy tu guru. -Vivekananda clavó sus hermosos ojos en los míos-. Tu instructor vendrá después. Él te dará una copa de plata. -Después de una ligera pausa, agregó sonriente-: El vaciará sobre ti más bendiciones de las que ahora puedes recibir.

“Dejé Chicago unos días después -seguía diciéndome el señor Dickinson-, y nunca más volví a ver al gran Vivekananda. Pero cada palabra que pronunció estaba indeleblemente grabada en lo más íntimo de mi conciencia. Pasaron los años; el instructor no aparecía.

Una noche, en mil novecientos veinticinco, oré fervientemente para que el Señor me enviara un guru. Unas horas después, fuí despertado del sueño por la música suave de una melodía incomparable. Una banda de seres celestiales tocaba flautas y otros instrumentos, y se aproximaba a mí. Después de llenar el aire con su música gloriosa, los ángeles, quieta y suavemente, desaparecieron.

“La noche siguiente, estuve por primera vez en una de sus conferencias aquí, en Los Ángeles, y entonces supe que mis oraciones habían sido contestadas y concedidas.

– Durante once años, hasta la fecha, yo he sido su discípulo de Kriya Yoga -continuó diciendo el señor Dickinson-. Algunas veces me sorprendía lo de la copa de plata; estaba casi convencido de que las palabras de Vivekananda era expresión metafórica. Pero la noche de Navidad, cuando usted me entregó el paquete cuadrado, cerca del árbol de Navidad, vi, por tercera vez en mi vida, la misma refulgente y cegadora luz.

Un instante después, esteba contemplando extasiado el presente de mi guru, el mismo que Vivekananda había señalado cuarenta y tres años antes: “una copa de plata”.

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