Para Rudber Gómez y los interesados en Gerardo Bermeo: DE LA BOHEMIA BOLSIVERDE

Por: Alfredo López Garcés

Un día de finales de enero de 1983 llegué a Neiva a tomar posesión de un cargo en el INDERENA, trasladado desde Tierradentro. Cruzaba la plaza Santander cuando escuché que alguien gritaba mi nombre; del Café “Manolo” Gerardo Enrique Bermeo, efusivo y presuroso, salió a mi encuentro. En aquel caluroso medio día con un, más caluroso aún, abrazo de paisanos reiniciamos una gran amistad cortada por la distancia varios años atrás. Al saber que me radicaba en Neiva simplemente dijo: -¡Vamos por tu equipaje, te alojas en mi pieza y lo que ibas a pagar en arrendamiento comenzamos a bebérnoslo desde esta noche!-.
Desde mi infancia en Bolívar tomé gran admiración y aprecio por “Gerbem-Elas”, poeta irreverente de lacia y negra melena, cuando en el Teatro Vallecilla ganó un concurso de poesía con el poema nadaista “Bolívar no tiene aguacates” y a quien, con frecuencia, encontraba durmiendo su bohemia en las bancas del parque principal. En los primeros años de los 70 intercambiamos ideas políticas y literarias, algunas veces en el sacro recinto de doña Sixta o en el billar de Palangana; me enseñó amar las letras proscritas de Baudelaire, Poe, de Sade, Vargas Vila, Gonzalo Arango, Fernando González y el universo inconforme de Tolstoi, Gógol, Sartre, Camus, Gandhi, Melina Mercury. Nos guió por las obras de Lenin, el Che, Fidel y Mao cuando los estudiantes del Marco Fidel organizamos el primer paro estudiantil del sur del Cauca para exigir cambio de rector. Ayudó a movilizar a las amas de casa para inundar de alimentos los calabozos del pueblo donde permanecían retenidos los actores del Teatro Juvenil Progresista- TEJUPRO (nos daba miedo decir teatro revolucionario) y tres grupos teatreros de Popayán por apoyar a los campesinos del Macizo Colombiano en la construcción de la ANUC – línea Sincelejo.
En las paredes blancas de Popayán con pintura y brocha -no existía el aerosol- quedó plasmado nuestro inconformismo juvenil, con los estudiantes del Liceo, mientras Bermeo campaneaba en las esquinas, media de aguardiente en mano “para despistar al enemigo”. Al finalizar los 70, Bermeo et Al con sus plumas mordaces y dos caricaturistas primíparos, con un planígrafo made in Potojolandia, publicamos rústicos documentos de denuncia social buscando desperezar la opinión pública caucana que, exceptuando el movimiento estudiantil, cabeceaba en la modorra provocada por el Frente Nacional.
En Neiva Bermeo había intentado “domesticarse” ocupado importantes cargos burocráticos que terminó tirando en la caneca de la basura porque su indomable personalidad, aversión a la esclavitud que impone el horario de oficina y el rechazo a la injusticia, no le permitieron ejercer. -¡Pide apoyo a la policía para que desalojen a las familias destechadas que se tomaron el lote contiguo al puente del río Las Ceibas en el barrio Eustasio Rivera!- le ordenó su superior, el alcalde de Neiva “el pájaro” Sánchez Silva, cuando fue secretario de gobierno. – ¡La gente tiene la razón y no estoy de acuerdo con utilizar la fuerza para sacarlos! -dijo Bermeo- ¡Más bien… busquemos un lugar donde reubicarlos porque ya comienza a llover y en ocho días el río se encargará de desalojarlos! -. Días después una riada reemplazó a la fuerza pública. Gerardo, libre de culpa, lideraba una campaña de solidaridad para los damnificados.
Con Rodrigo Lara Bonilla, el escritor Humberto Tafur, Liberio Jiménez (nativo de San Sebastián- Cauca) y otros intelectuales huilenses desde el periódico “TRIBUNA DEL SUR” (fundado por L. Jiménez en 1981) trataban de mantener a raya la corrupción política que parasitaba el erario público y las regalías petroleras. Con palabras directas y sin adornos destaparon ollas podridas, desenmascararon componendas y comenzaron a erosionar los pies de barro de ídolos políticos considerados, hasta ese momento, sempiternos. En “Trifulca en el Sur” -como decía Bermeo-la gente del común encontró siempre el espacio y la palabra para la denuncia en las plumas solidarias, objetivas y certeras de Bermeo, Jiménez y Tafur, cuando Lara Bonilla había volado hacia un ministerio y hacia su violenta muerte en manos de un sicario de Pablo Escobar.
Desde la sección “Flora” del periódico, Bermeo, como un profeta ebrio, denunciaba el oscuro porvenir que se avizoraba para las comunidades de Yaguará, El Hobo y Palermo desplazadas por el embalse de Betania y se adelantaba, sin ser ecólogo, al grave problema ambiental que sufriría el río Magdalena y sus afluentes aguas arriba de la presa. Mezclaba conceptos del más puro ambientalismo con la poesía de Whitman, Castro Saavedra, el tuerto López y poemas y cuentos de su propia cosecha para producir pequeñas obras de arte de profundo humanismo. Despotricaba de los acumuladores de riqueza y del consumismo que acabará con el planeta y, para dar ejemplo, como Diógenes el Cínico, vivía feliz sin cinco en los bolsillos, burlándose de la moda y haciéndose el loco frente a la tecnología. Exceptuando las frutas y las necesidades propias de su dipsomanía no necesitaba de nada más para pasarla bien. Ateo, pero nunca hablaba de ello, más bien parecía un esenio despistado entre el asfalto y el humo: todo lo compartía.
Cuando regresé al Cauca, en el 89, volví a perder su rastro por unos años.
2
Con una botella de ron en su mochila nasa llegó sonriente a mi apartamento en Popayán Hugo Efraím Dorado Zúñiga, un sábado, en la tarde, de junio del 96: -¡Hola, estaba aburrido, me acordé de los chistes de “Tripe pollo” y de los problemas de la gente de Tierradentro y me vine a botar corriente con vos!-.
A pesar de haber vivido durante su infancia a dos cuadras de mi casa paterna en Bolívar no era de mi gallada y, tal vez porque había seis años de diferencia de edad a su favor, muy pocas veces nos relacionamos. Hugo, teatrero por naturaleza, se graduó de abogado pero no ejerció, dedicado a la docencia se licenció en español y literatura en la U del Cauca, vocación que lo condujo a Tierradentro. El 6 de junio de 1994 junto con los estudiantes, profesores y algunos lugareños lograron salvarse milagrosamente de la avalancha del río Páez que sepultó el instituto agrícola y el caserío de Tóez donde trabajaba y residía. Tres días después fueron rescatados en helicóptero.
Una lluviosa mañana de principios de marzo del 95 lo encontré dando clases a niños indígenas del resguardo de Mosoco, sentados en rústicas tablas sostenidas por ladrillos, bajo una carpa en medio del barro. El paisanaje y el trabajo permanente con los damnificados nos acercó y al calor del “chirrincho trojeño”, entre risas y largas conversaciones en las frías noches paramunas, surgió una entrañable amistad. Aquella tarde dorada del verano payanés, escuchando el Bolero de Ravel y el piano de Chopin, brotaron historias y anécdotas sucedidas en el territorio mágico de Tierradentro. Coincidimos en la idea de publicar un escrito sobre estos episodios, cosa que olvidé el lunes siguiente por el trashumante trabajo con la Corporación Nasa Kiwe.
Dos semanas después, nuevamente un sábado, me llamó para citarme al Parque Caldas en la noche. Puntual acudí a la cita y lo encontré prendido, en torno a una botella de whisky barato, leyendo sus escritos a una despampanante turista francesa y a un grupo de estudiantes de medicina que desarrollaban la práctica rural entre los escombros del territorio nasa. Quedé sorprendido al notar la fidelidad con que había transcrito todos los relatos que en la borrachera de hacía quince días habíamos compartido. En una banca de la sección pensionados del Parque Caldas – como decía Bermeo cuando le preguntaban por su domicilio-, iluminados por la luna llena y el whisky, recordamos nuevas anécdotas. En la tarde del lunes siguiente me buscó y entregándome un disquete, me ordenó: ¡Tome hermano, publíquelo!
Imprimimos cuatro copias en bruto y las pusimos a circular entre los funcionarios de la Corporación Nasa Kiwe y sus asesores indígenas; un mes después salió una pequeña edición con el nombre de “Anecdotario de la tragedia y la reconstrucción de Páez”, que fue dedicado al pueblo de Tierradentro y a nuestros amigos de farra en Belalcázar.
Cuatro años después, por quebrantos de salud, Hugo desapareció de Tierradentro. Por otras fuentes me enteré que padecía un cáncer y que había renunciado a la docencia. En Popayán era más alegre, más efusivo y dicharachero: -¡Estoy en lo mío, dedicado a escribir y a dormir!-, me dijo alguna vez.
3
En el parque de El Humilladero diariamente se reunía la tertulia de Bermeo, Hugo Dorado, el bohemio quilichagüeño Felipe Solarte Nates, autor de “Relatos en busca de título”, y los fotógrafos callejeros del lugar. Este período de gran productividad literaria de Hugo está descrito magistralmente en “Cómo dejar de beber y otros relatos” (Asociación Caucana de Escritores. Editorial Mundo Gráfico. Popayán, 2004), que incluye el cuento “Buscando a Bermeo”; etapa que alternaba entre la profunda bohemia y sus dos pasiones: la familia y la literatura. Continuaba escribiendo y destruyendo una novela en la que trabajaba desde su estadía en Tierradentro: -¡Que parto tan jodido!-, me respondía cuando le preguntaba por ella.
Bermeo había dejado de escribir desde su regreso de Neiva a mediados del 95, esporádicamente enviaba, por correo físico, algún artículo para Tribuna del Sur o rara vez publicaba en El Liberal. También, como Hugo, jamás se interesó por acumular dinero; cambiaba servicios por aguardiente, cuando le iba bien, o la mayoría de las veces por “Cañaduzal” o “De la corte”. ¿Cuánto le debo por el memorial? le preguntaba algún empleado municipal despedido injustamente. -¡únicamente una caneca!- respondía Bermeo. Alguna vez, en Neiva, durante una crisis de salud por el exceso de licor, le sugerí acudir a Alcohólicos Anónimos, sonriendo respondió: -Es mejor ser borrachito conocido que alcohólico anónimo! ¡Pendejo!-.
El 27 de diciembre de 2004 pasé por el Humilladero rumbo al barrio Bolívar para tomar una chiva. Bermeo me llamó, me brindó un trago de Caucano, conversamos, nos reímos por breves instantes y nos despedimos con un abrazo, mientras el amigo campesino que me había invitado a su finca de Cajibío me acosaba porque estábamos a punto de perder la última chiva. El 29 regresé a Popayán y me enteré de su fallecimiento el día anterior. Acababan de sepultarlo.
Hugo Dorado, lector infatigable, siempre estuvo rodeado de amistades adictas al teatro y a la literatura, pero también a la música, al futbol y a la bohemia. Un día llegó al Hospital San José a visitar a un amigo de farra que se encontraba enfermo – ¿Qué te pasó, hombre?, le preguntó -¡Pues, que dejé de beber y me enfermé!-, responde el convaleciente; sacando una media de aguardiente que tenía oculta en su mochila le dice:-¡Pues tome hermano, porque con la salud no se juega!-. Melómano (salsómano dicen otros amigos), mamagallista irreverente y genial cuentero tenía la alegría a flor de piel. Siempre se reía porqué ganó uno o dos concursos nacionales de cuento “en cuerpo ajeno”: escribía los cuentos y los daba a sus estudiantes para que concursaran. Por prescripción médica Hugo dejó de libar -Si te tomas un trago más eres difunto-, le había advertido un galeno. Haciendo grandes esfuerzos para no recaer en la bebida no dejó la costumbre de visitar diariamente a sus amigos del parque El Humilladero, en el primer turno de 7:00 am a 1:00 pm, para alimentar su inspiración y aunque no bebía siempre aportaba para la media. Desde el día que Bermeo murió, Hugo se dedicó de tiempo completo a la bebida y diez días después nos abandonó. Acababa de cumplir 44 años. Gerardo Bermeo murió a la edad de 62 años.
Dos creadores desconocidos, pertenecientes a dos generaciones diferentes, unidos por las letras, la sensibilidad social, la bohemia, la amistad, pero sobre todo por sus raíces bolsiverdes.
Popayán, diciembre 28 de 2011.
En la foto: de izquierda a derecha Hugo Efraín Dorado, Leandro Felipe Solarte Nates y Gerardo Enrique Bermeo, en el parque de El Humilladero – Popayán.

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